lunes, 1 de septiembre de 2008

random

nihislistas en el desierto
en una especie de alfombra magica
o es un barquito esperando el agua?
impacta el opa con paraguas-
oh,preguntas y mas preguntas
estoy lleno de ellas
hoy solo me compunge saber,
vendra el plomero tipo tres?
cerca mio hablan de freud,que nunca entendi bien su negocio(no es novedad)
la piba dibujada,la censura de blogger,las ratas...donde esta victre?
timaron a un vivillo! fue a por dvd pirata del cineasta de moda...le dieron rabbit roger..un audaz
el timador es un audaz-
bien boquita con los pibes ayer..
que sabemos de victre y su viaje europeo..estara en asia?
cuando vuelve la historia...esta bueno parar en boxes,pero ya hace meses que estamos tomando mate..

5 comentarios:

EmmaPeel dijo...

Tomando mate con don satur

nos estamos poniendo opas?

Anónimo dijo...

nihilismo

Anónimo dijo...

Fui a una reunión en casa de unos amigos músicos.

Alguna vez quise ser aficionado ejecutante, hace muchos años. Ahí me hice amigo de estos músicos. Eran capaces de armar guitarreadas y tocar canciones de lo más variadas hasta el amanecer. Se habían ido de mochileros a Machu Picchu y solían revivir esos buenos viejos tiempos. Yo nunca fui a Machu Picchu, pero con sólo escuchar sus relatos, sentía en la espalda la dureza y la satisfacción de andar por caminos de ripio amontonado junto con otros mochileros, conocidos y desconocidos, en la caja de un camión, con el frío del altiplano en una noche de verano.

Ahora todos somos grandes y tenemos hijos. O la mayoría.

Casi todos ellos dan clases en una escuela de música popular que está cruzando el riachuelo, donde antes estudiaban. Ahí se forman futuras generaciones de músicos populares, que reciben instrucción en folklore, tango, jazz y música brasilera.

Por otro lado conozco a jóvenes estudiantes de esa escuela, que viven haciendo trabajos de albañilería o fabricando masa de colores para que jueguen los chicos en los jardines de infantes. Comentan que esa escuela hace tiempo que está dominada por los troskos del centro de estudiantes, que viven impidiendo que se den clases porque el edificio está en muy mal estado y el ministerio correspondiente en provincia no lo arregla. Que por otra parte los troskos, que viven quejándose de las multinacionales, cuando las clases están suspendidas por sus propias acciones, proponen compensarle la falta de actividad al concesionario del buffet, porque el compañero concesionario tiene que pagar el canon trabaje o no trabaje y termina viviendo una situación injusta, dicen. Otros opinan que lo que vende el concesionario del buffet es pura mierda, y que lo injusto sería tener que compensarlo además como si eso fuera poco. Los estudiantes que yo conozco parece que se juntan entre varios para ver si toman unas clases particulares afuera de la escuela, porque si no su proyecto de convertirse en músicos populares se diluye en el marasmo de los conflictos.

Casi siempre que vamos a casa de nuestros amigos músicos (los profesores) en algún momento se arma la guitarreada. Pero una guitarreada en casa de músicos no es una guitarreada cualquiera. Yo no sé si ustedes tienen amigos músicos que armen fiestas con otros invitados músicos, pero hay que imaginarse que ahí todo gira en torno al mercado musical en sus más variadas expresiones. Unos cuentan que un fin de semana se fueron hasta no sé dónde cerca de Alta Gracia para tocar en un teatro de pueblo y no se dieron cuenta de que habían arreglando esa fecha justo para el día del niño, lo que hizo que el concierto en el pueblo fuera un quilombo y que además ellos pasaran justo ese día lejos de sus nenes, que se quedaron en casa de los abuelos, y que a la vuelta tuvieron que comprales cajitas felices para congraciarse un poco. Hay quienes comentan que cómo puede ser que los músicos populares argentinos reciban formación académica sobre todo en música brasilera. O si no cuentan de Ricky, un colega que enganchó un laburo de fabricar ringtones. Otros hablan del imitador de Sandro que solía recorrer las cantinas de la Boca, de quien se dice que es el único imitador que tiene una auténtica bata roja del mismísimo Sandro. Y que si en algún festival de esos en los que están Sergio Denis o Cacho Castaña logra por medio de ruegos y humillaciones subir al escenario a cantar una canción, después se lo tienen que bancar dos horas ahí arriba. O si no, hablan con cinismo de la poética de Arjona, que cómo le va a decir a una cuarentona señora de las cuatro décadas, dicen, y de ahí a los tributos que hacen las bandas-tributo y los ejecutantes-tributo. Cuentan que Rubén Abruzzese, que hace tributo a Sabina y se autotitula “invitado por el auténtico Sabina a compartir el escenario” en los miles de afichitos con los que empapela la ciudad, levanta unos cuantos mangos por noche. Y que después Sabina va y le agradece de verdad por mantener vivas mis canciones el tiempo que yo estuve enfermo. Todo con mucha distancia y de soslayo, porque ellos (mis amigos músicos y sus colegas invitados) son serios y no chantas como tantos de esos personajes de los que cuentan historias.

Uno se pregunta cómo será una guitarreada en ese contexto. Los tipos laburan todo el día con eso, dan clases, tocan conciertos en teatros lejanos, hacen música para las tantísimas obras de teatro que se dan en Buenos Aires cobrando pocos pesos (porque los que hacen las obras de teatro que les piden música a estos músicos y no, digamos, a Angel Mahler, tampoco suelen tener un financiamiento uffff, pero eso es otro tema), o participan en los concursos que organiza el gobierno de la ciudad para dar conciertos en los Bares Notables. Parece que hay que presentar demos para estos concursos, y estos músicos, que se la pasan estudiando, ensayando y tratando de hacer las cosas de manera cada vez más profesional, terminan perdiendo en los concursos ante otros músicos mucho menos preparados que ellos. Cuando están muy envenenados, los llaman tipos que no tienen ni idea, y también le echan la culpa al estudio de grabación que los cagó con el demo.

Uno de los amigos músicos presentes en la velada es tecladista en una orquesta de tango importante que se la pasa yendo de gira por Europa. Le pregunto si cuando están acá con la orquesta tocan en las tanguerías. En las tanguerías turísticas, me dice, ya se hizo muy difícil. Los tipos saben que las orquestas nos vamos de gira por Europa, y la maquinaria de acá no se puede detener, entonces tienen sus propios esclavos con contrato exclusivo, que no se pueden mover durante toda la noche porteña de los talleres-factoría que procesan tantos turistas por tanda. Lo que sí se da de vez en cuando es con las milongas. En las milongas está pasando algo curioso, dice, y es que los productores (que son los buscas que hacen contactos y organizan una milonga en un boliche o en otro) están armando orquestas de las milongas y entonces la actividad económica crece y el músico profesional logra mayor felicidad. Pero la repetición constante, siempre igual, dice, te quema el bocho de verdad. La repetición digital. Porque la orquesta puede tocar un rato, pero tiene que esperar durante los bloques del bailongo en que se pasan los discos. Y los discos en las milongas son todos copias de muy pocas compilaciones, realizadas por dos o tres tipos, que se van pasando de DJ en DJ. Nadie quiere laburar. Y entonces, vayas a la milonga que vayas, ponele en la calle Rodriguez Peña, te vas a encontrar luego de un rato con la misma secuencia de tangos que escuchaste hace un rato en la otra milonga, en Boedo, o en Almagro, o en Palermo. Y es más: te vas a Europa y estás en una milonga en Berlín y empezás a escuchar las misma secuencia que ya conocés acá de todas las otras milongas, porque el DJ que labura ahí en Berlín vino acá y se copió todos los cds. Que te pasen Pugliese es una excepción. Que te pasen Gobbi ya es un imposible.

Papá es un jubilado que deambula de milonga en milonga, en vermouths, matinées y trasnoches. Bailó toda su vida, pero desde que leyó una nota en el diario donde dice que bailar tango es antidepresivo, redobla la apuesta y además le habla de esa nota a cada persona que ve, como si fuera la nota y no el baile lo que hace bien. En una época era habitué de la milonga de los miércoles en la Asociación de Carboneros Unidos Genoveses en la calle Venezuela. Don César, el regente de la institución, como parte del arreglo con la productora de la milonga, una señora muy opulenta que viste zapatos de baile de la mañana a la noche y a la que llaman Mondonguito, organiza noches de choriceada pumarola para que coman los milongueros y hacerse unos mangos extra. Me acordé de Papá porque él suele contarme que al yirar de milonga en milonga se va encontrando una y otra vez con los mismos personajes, que también van yirando en el mismo o en otro sentidos. Me quedo pensando en la relación entre este reciclado de personajes y el reciclado de secuencias de tangos para bailar, apresados ahí entre el policarbonato y la capa metálica de los cds. El tecladista de la orquesta de tango me dice que no sabía que mi viejo es milonguero. Que si es así lo debe conocer, porque conoce a todos los personajes que yiran por las milongas.

Pero estábamos ya en la guitarreada.

En cuanto llegó la guitarra la agarró el señor canoso que había comentado que cómo puede ser que los músicos populares argentinos reciban formación sobre todo en música brasileña, y se puso a tocar Canto de Osanha, improvisando largo rato sobre ese tema.

Después tocó otro tema brasileño también muy conocido, y después otro más.

Había una mujer cantante, entonces alguien sugirió que por qué no cantaba un standard de jazz, ella que sabía. Ella propuso entonces cantar Skylark, pero el guitarrista en cuestión no la sabía, ni tampoco el otro guitarrista que andaba por ahí. Entonces fueron a buscar el Real Book.

El Real Book es una especie de manual para músicos profesionales. Los músicos profesionales saben tocar todos los acordes y conocen de pe a pa todas las secuencias armónicas, pero no saben las canciones. El Real Book entonces tiene unas partituras con las melodías y las secuencias de acordes que se deben usar, además de las letras por si también hay alguien que la quiere cantar. Entonces un músico profesional agarra el book, va tocando los acordes mientras tararea internamente la melodía y ya está: se crea la música. El resultado es potente y no se parece a un programa de computadora porque existe un factor interpretativo humano.

Se supone que el Real Book contiene todos los standards de jazz, pero este que habían conseguido no tenía Skylark. Entonces el guitarrista se quejaba de que la cantante elegía un standard que no era tan standard. La cantante, una de esas chicas que son muy lindas pero tímidas y con anteojos y de voz que se infla sólo cuando cantan no discutía, pero insistía con suavidad en que es una canción hermosa. Alguien sostuvo que hay que ver el criterio con que consideran standards a los standards, los del Real Book. El dueño de casa tomó él mismo otra guitarra y le pidió a su mujer que buscara en el entrepiso, que había otras versiones del Real Book. Finalmente consiguieron un Real Book que tenía Skylark, y el anfitrión empezó a tocar, mascullando entre dientes que Skylark tiene demasiados acordes y se hace cuesta arriba.

Entonces alguien sugirió que por qué no traían el Folkloreishon, que es como el Real Book pero de folklore. El Folkloreishon se llama así porque cuenta la leyenda que un día fue a tocar Hugo Díaz a la casa de Eduardo Lagos, donde también estaba Manolo Juarez, y que cuando los escuchó tocar a esos dos dijo que lo que hacían no era folklore, sino folkloreishon. Fue hace mucho, eso.

Trajeron entonces el Folkloreishon. Ahí le ofrecieron cantar a un percusionista que hasta ese momento había estado haciendo acompañamiento con un cajón peruano. Se acomodó sentado sobre su cajón entre los dos guitarristas que ya estaban conduciendo la velada. Hubo consenso en que se debía cantar algo de Cuchi Leguizamón, aunque alguien pidió que por favor no fuera La Pomeña. Entonces buscaron alguna de las más raras del Cuchi y quedó Cartas de amor que se queman, que estaba ahí en el Folkloreishon. Se pusieron entonces a tocarla los guitarristas, pero el percusionista que iba a cantar notó en seguida que no iba a poder llegar con las notas, que debería ser en otra tonalidad. Uno de los guitarristas se quejó de que tenía que mirar el Folkloreishon de costado, ademas de estar transportando los acordes a medida que los leía. El percusionista se quejó a su vez de que no le estaban tocando los acordes correctos. El guitarrista repuso que bueno querido, me equivoqué con un par de acordes, tampoco es causal de divorcio eso. Enseguida cayó la hija de cuatro años del guitarrista, que le aflojó dos clavijas de la guitarra. El guitarrista le pegó un grito que casi la estampa contra una pared.

Entonces alguien dijo que por qué tanto quilombo, que se dejaran de joder y tocaran nomás La Pomeña, que seguro que con esa no habría problemas. Ahí varios entonaron a coro La Pomeña, un poco como si fuera un fogón, pero otro poco advirtiendo que ojo, esto no es ningún fogón.

Le dijeron entonces a la cantante de standards que cantara The man I love, que la habían escuchado hacerla muy bien y esa seguro estaba en el Real Book y seguro que no traía inconvenientes. La cantante dijo que el tempo tenía que ser muy lento, que el mood de esa balada así lo exigía para ella. Entonces los guitarristas dijeron que para eso se necesitaba un pianista, que para un pianista es más fácil mantener el swing en los tempos tan ralentados. Y como había un piano, le insistieron un poco al tecladista de la orquesta de tango, que si quisiera, dijo el anfitrión, te hace un The man I love posta posta. Entonces arrancaron el tecladista con el piano y los dos guitarristas, y cantó la cantante de standards. Yo estaba más cerca de los instrumentos, y como esto no era un concierto, sino una guitarreada, no la escuchaba muy bien. Pero me la imaginaba, porque toda la música sonaba como The man I love, y lo que percibía de su voz, también.

Además, yo estaba muy ansioso.

Como suponía de antemano que iba a haber una guitarreada, había estado preparando un tango para cantar acompañándome con la guitarra. Siempre me fue mal aprendiendo a tocar la guitarra, y tanto peor si intentaba acompañarme para cantar, así que siempre abandoné. Como toda la vida me gustó cantar tangos (papá y mamá recuerdan siempre cómo yo cantaba el tango Canchero cuando tenía dos años, ante sus amigos del banco), les pedía a mis amigos músicos que me acompañen. Pero llegado el momento, no sabían tocar el tango que yo quería cantar, o no tenían a mano un tangobook, o tenían la armonía en otra tonalidad, o yo no entraba en el tempo. Además, si entre los mismos músicos se arma tanto debate en la guitarreada sobre cómo hacer las interpretaciones, imagínense con un diletante. Así que me fui acostumbrando a cantar los tangos a capella, que también me gusta pero siempre siento que me falta algo.

Cuestión que desde hace unos meses estoy practicando y ya logro coordinar bastante. Todavía pifio mucho, y cuando yo la toco, la guitarra suena flaquita, muy de principiante. Tanto más después de escuchar tocar a estos guitarristas profesionales, pensaba. Yo había ido a la reunión envalentonado para dar el golpe y tomar la guitarreada por asalto, pensando ya me sale bastante bien. Pero escuchaba a estos músicos tocar y me iba haciendo cada vez más chiquito. A medida que pasaba el tiempo, algo me decía que no debía hacerlo. Que no estaban dadas las condiciones. Que yo nunca había tocado en público, mucho menos ante un auditorio de músicos comulgando en guitarreada. Además, los guitarristas se aferraban a los instrumentos y no los soltaban ni cuando debatían buscando repertorio en el Real Book. Era como una lucha contra las Corporaciones. Pero mis amigos músicos (los dueños de casa que me conocen desde hace veinte años) nunca me vieron acompañarme con la guitarra porque nunca antes me había salido, así que no debía dejar pasar la oportunidad, debatía conmigo mismo. Era como una declaración de independencia, también.

Al final, en un momento en que todos estaban con los ojos puestos en el Real Book, hojeándolo sin decidirse por nada, en un arrebato y apenas con un hilo de voz le dije al guitarrista que tenía más cerca

–¿Puedo hacer un tango mientras buscan la partitura?– Todos levantaron la vista del Real Book para mirarme al unísono.

Aunque su gesto fue de cederme la guitarra, sentí que tenía que tironear un poco. En ese momento el mundo se me venía encima. Los nenes, que estaban jugando, metían una batahola que yo no había registrado antes. La dueña de casa estaba probando un caxixi con el percusionista, que le marcaba los secretos de los ritmos afro y no registraba mi actitud. Yo tocaba las primeras cuerdas de la guitarra y se escuchaban como si fuera de juguete. Creo que después de mi tercer intento de introducción se hizo un poco de silencio y ahí pude largarme. Pifié como nunca, pero fue todo muy corto. Yo había imaginado un final de mi interpretación con un silencio de asombro de parte de mis amigos, que jamás podían haberse imaginado que yo sería capaz de cantar el tango y tocar el acompañamiento a la vez.

Cuando terminé, pifiando el último de una sucesión de acordes Do mayor en distintas posiciones (que es un final que yo veo muy sofisticado y simple a la vez), escuché una risita de uno de los guitarristas. Mientras pensaba que en otro momento me habría sentido abochornado y muerto de vergüenza, recordaba que ya había tenido alguna vez una sensación parecida, como de satisfacción en medio de un fracaso iniciático, fundante. De inmediato, los guitarristas volvieron todos la vista sobre el Real Book. Alguien había pedido que la cantante de standards hiciera Summertime, y no la podían encontrar por ningún lado.







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Anónimo dijo...

Soy John Turturro en Barton Fink. Estoy mirando la foto de Jana Marie Hupp. No puedo escribir. No me sale nada. Probablemente lo mejor sería guardar silencio, hay demasiada información dando vueltas.

El sábado a la mañana fui al locutorio de Corrientes y Paraná y en el camino de vuelta choqué con un tipo. Cuando volví a mi casa descubrí que había perdido el celular.

Estamos perdiendo la guerra del cerdo. Sin banda ancha, sin celular, descontaminación informativa in progress. Mejor así: este es el temor del arquero frente a la página en blanco. No tengo posibilidades de ir corriendo a ver lo que escribe en la pared la tribu de Wikipedia, y copiar, pegar y alterar. Confiábamos en que los discos, los libros y las películas nos iban a salvar; el problema es que ya no existen ni los libros, ni los discos ni las películas.

Hay películas malas, eso sí, películas fascistas y subtitulados horribles.

Me topo con algo llamado Tropa de elite. Es la copia ilegal de una película brasileña producida por Eduardo Constantini Junior y comprada en el bolishopping de Lanús. Soy de la clase media que convalida la evasión de impuestos y la infracción de derechos de la propiedad intelectual. La clase media de mierda que convalida la explotación y se consuela mirando películas. Tropa de elite es la versión de derecha de Ciudad de Dios. Según la ideología policial de la película, la clase media progresista es una mierda. El autor final de la muerte y la violencia es el estudiante de Derecho que lee a Foucault, compra maconha en la favela, protesta contra la represión y baila en Leblon.

El tema es viejo, déjenme poner un poema famoso en barras en estas páginas blancas donde lo que cunde es la prosa larga: “Tienen caras de hijos de papá. / Los odio como odio a sus padres. / Buena raza, nunca miente. / Son impávidos, inciertos, desesperados / (buenísimo) pero saben también cómo ser / prepotentes, seguros y desfachatados, / prerrogativas pequeño burguesas, queridos. / Ayer, cuando en Valle Giulia, se agarraron a piñas / con los policías / yo simpatizaba con los policías. / Porque los policías son hijos de pobres / Vienen de subtopías, campesinas o urbanas o lo que sean. / En cuanto a mí, conozco por demás / el modo en que ellos fueron niños y jóvenes / las preciosas mil liras, / el padre, que quedó jovencito también, / a causa de la miseria, que no da autoridad. / La madre, llagada como un fakir, o tierna / como un pajarito, por alguna enfermedad; / los tantos hermanos; la casucha / entre los huertos con la salvia enrojecida (en terrenos / de otros, loteados); / los bajos sobre las cloacas / o los departamentos en grandes caserones populares, etc., etc. / Además, miren cómo los visten: como payasos / con esas telas arruinadas / que apestan a rancio y populacho. / Lo peor de todo, naturalmente, / es el estado psicológico al que son reducidos / (por una cuarentena de mil liras al mes) / sin más sonrisa / sin más amistad con el mundo / separados / excluidos (en un tipo de exclusión sin igual) / humillados en su calidad de hombres, perdida / por aquella del policía (el ser odiados hace odiar). / Tienen veinte años, su edad, queridos y queridas.” (“Los odio, queridos estudiantes”, Pier Paolo Pasolini)

La droga barata viene mal cortada y las películas baratas vienen mal subtituladas. Así, la versión lanusense de Tropa trae un monton de “el señor”, un montón de “aspiras” (“aspirantes”) y otras delicias del portuñol apurado. El policía torturador que narra en off, cansado de matar coheteros en las favelas, decide dedicarse a la instrucción. En un momento los obliga a limpiar del suelo un caldo pútrido: los aspiras tienen que lamerlo en diez segundos. Cuando esos diez segundos pasan, el traductor le hace decir al torturador: “El tiempo de los señores acabó”. Vaya novedad.

Como ya nada nos fanatiza demasiado, lo que sí nos inquieta un poco son los fanáticos. Los argentinos que se paseaban con traje de fajina por las calles de Roma en el 78, los que administraron la guita del secuestro de Jorge Born, los que pergeñaron organizaciones con nombres tipo “Comandos Tecnológicos”. Pero también los que todos los días repiten boludeces con convicción para la máquina mediática, los que tienen el combustible espiritual que nos falta. Y los hinchas de fútbol, por último.

Es que el fútbol es casi peor que las ciencias sociales, que son la oración laica de los chicos sensibles. (Por eso ese muchacho Pablo Alabarces, que fue docente mío, es un genio. Juntó el paper y la tribuna, y se permite hablar en los journals del ciclo heroico maradoniano. Hay de todo en la viña de Google.) Cada dos domingos, en la Belgrano Alta: ahí se junta todo lo malo. Es verdad que pasa también en los mejores clubes, pero el plateísmo de River Plate no tiene igual. El otro día un notorio integrante de la blogósfera económica argenta tuvo la idea de invitarnos a León y a mí a ir a masoquearse a ese estadio de la dictadura donde la clase garca masculina va en búsqueda de su dosis bisemanal de circo. Fuimos. ¿Educar a un chico tendrá algo que ver con llevarlo a un lugar donde gente de mierda va a descargar sus frustraciones sexuales a los gritos, puteando una ficción inverosímil? Lo dudo, pero también es un poco ilustrativo. Quizá haya alguien que todavía crea que a la cancha van los pobres. No es así, eh, ni siquiera a la tribuna. Y los que van a la Belgrano Alta ya directamente llevan puesto, entre indumentaria deportiva de marca y aparatos electrónicos, más de la mitad de lo que gana un trabajador de las industrias simbólicas como yo.

Acá hay que aclarar que tenemos al fútbol como un deporte noble, que lo jugamos desde siempre, que mil veces bancamos a Central en la tribuna y que antes, cuando leíamos los diarios, nunca salteábamos la sección deportes.

Pero poco a poco nos vamos deshaciendo también de esa forma de religión. Nos estamos pasando al ciclismo, pero eso queda para la próxima sesión.

EmmaPeel dijo...

Más Opas


¿Esto es nihilismo u opez?

se me está complicando